Ventanas
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Cuadernos del Laberinto, 2024 |
Monumentos
No estoy hecha para los odios duraderos
pero no quiero dejar de odiar la llama eterna
que alumbra la memoria del soldado sin nombre,
de los muchachos sacrificados en el altar
de los alegres carniceros.
Ellos se erigen estatuas a sí mismos
con nombres y apellidos y coronas y cascos y medallas…
Para los corderos la sangre,
para los matarifes la memoria.
Los escucho afilar de nuevo los cuchillos,
calcular beneficios y bajas,
preparar los discursos y escoger a los héroes.
¿Y qué haré, me pregunto, cuando lleguen los días de los crímenes?
¿Me uniré a sus canciones?
¿Pondré rosas en torno de sus armas?
¿Les entregaré gozosa la carne que he parido?
¿Mataré yo también a los hijos de las otras?
No estoy hecha para los odios duraderos
pero si tengo que odiar,
que al menos escoja bien a mi enemigo,
que no olvide que tiene nombre y cargo,
se titula presidente o ministro o general
y se divierte en los campos de batalla.

