Ana Montojo

Presentación del libro Ventanas

Buenas tardes, amigos, mucho tiempo sin vernos; después de lo que me pasó hace casi nueve meses, es la primera vez que asisto a un evento literario.

Cuando me pidió Montse que presentara su libro mi primer impulso fue salir corriendo, pero no solo por mi situación personal sino porque aquí se produce una anomalía: de toda la vida de Dios a la persona que presenta un libro se le supone más autoridad literaria, más sabiduría, más cultura, más obra publicada, no sé, más premios, más reconocimiento que a la persona cuyo libro se presenta. Y aquí es al revés, porque Montse Cano me da a mí cien vueltas tanto literariamente como en cultura y experiencias vitales. Ella se ha recorrido el mundo entero, no como turista con máquina de fotos, sino como viajera que asimila la historia y la vida de los países que visita. Y yo apenas he cruzado el charco unas pocas veces de Madrid a Washington para ver a mi hija y a mi nieto, un viaje a Buenos Aires porque me invitó un novio argentino que tuve hace tiempo y algún corto viaje por países vecinos, europeos, que podría contar con los dedos de una mano. Eso para empezar; para seguir yo apenas sé quién fue Heráclito, Khayyam, Solveig –que resulta que es un cantante de rap– y otros nombres que Montse cita en su obra. Y ni siquiera he escuchado nunca entera la ópera Lohengrin. Eso sí, sé que es de Wagner. Menos mal que existe la Wikipedia.

Con todo esto y después de leer el estupendo prólogo de Enrique ¿Qué tonterías iba a decir yo de Montse Cano y sus Ventanas? ¿Entendéis ahora que la cosa era para salir corriendo?

Pero no lo hice, decidí aceptar el reto que me había planteado mi amiga. Para lo cual tenía que empezar leyendo esta maravilla de libro que hoy se presenta. Y, aunque solo sea por eso, mereció la pena, porque este libro es una joya que nos muestra a una Montse distinta a la que parece ser.

Sorprende en Montse Cano, una mujer cerebral, inteligente y analítica, la pasión que destilan sus poemas de amor. Sobre todo cuando sitúa al objeto de su amor en un tiempo en el que ni siquiera estaba, como en esa tarde de su niñez muy lejana y muy fría, violeta, añil y roja, cubierta de tebeos y rastros de fiebre, que llevaba ya tu nombre. Porque si él no fuera, su memoria sería ceniza infecunda y malograda. Pocas veces me he encontrado con un poema de amor tan hermoso. Aunque en este libro me he topado con alguno, impregnado de un erotismo delicado y místico que, sin renegar de la carnalidad, se detiene en el roce levísimo de tus dedos sobre mi alma.

Nuestra autora, que siempre tiene los pies en el suelo, cree que es un error considerar la vida un museo de sí misma. Pero al mismo tiempo la vida es el único clavo ardiendo que la salva del horror de vivir, como cuando dice ¿En qué confiar cuando la devastación respira a palmo y medio de mi cara?

En el primer apartado, “La calle de las ventanas verdes”, se plantea ¿Qué dios cruel sembró la tristeza en el surco más profundo del ser? ¿Qué demonio nos muestra la alegría y nos niega después el gozo perdurable? Son versos profundos, preguntas que muchos nos hacemos en demasiadas ocasiones, sobre todo cuando la vida nos golpea sin compasión. La poesía de Montse planta cara a la cruda realidad, pero también necesita imaginar otra: La vida, que si tuviese rostro —y entonces sí nos salvaríamos—, tendría la faz de la Belleza.

También nos habla de la fugacidad de las emociones, lo que se contradice con la permanencia de los recuerdos que nos han conformado y las preguntas que estos nos suscitan.

Los de una niña de diez años, asomada al balcón en pijama y viviendo la ansiedad que aún no se ha mezclado con el miedo ni se concreta en esperanzas. Es solo incertidumbre y de aquella escena Permanece tan solo el escenario que impregna de tanto en tanto mi memoria y me recuerda el olvido.

¿A quién habla Montse cuando habla de un Madrid que huele a mar? ¿Quién es ese mudo interlocutor que no la escuchaba mientras el pan se cocía en las tahonas? ¿Quizá al protagonista del cuarto poema de “El olvido imposible”, cuando quiere retener en sus manos el instante en que la plenitud nos deslumbra? Yo lo ignoro, como lo ignorarán ustedes cuando lo lean, porque la verdad solo la tiene la autora. Pero ya la belleza de su poesía ha pasado a ser nuestra y podemos ponerle el rostro y el instante que queramos, porque ella no habla de conceptos sino de pasión y resplandores. Y esos son universales. Todos deseamos tomar un pedazo de vida entre las manos y conservarlo inmutable y entero.

En “Tiempo en la piel” Montse nos cuenta su idilio con Madrid, que como diría Sabina es una ciudad tan invivible como insustituible. Como madrileña de tres generaciones que soy comparto ese amor a esta ciudad, porque estoy de acuerdo en que la tristeza, que todo lo concibe, tolera los misterios del amor y el deleite. Sí, la tristeza todo lo concibe, en ella todo cabe cuando hay un dulce veneno en el aire de noviembre y un castaño presume de sus últimas tres hojas amarillas.

Decía Einstein, él que era tan listo, que la memoria es la inteligencia de los tontos. Pero luego llega Galeano, que algunos dirán que no era tan listo como Einstein pero yo pienso que bastante más decente, que la memoria guardará lo que valga la pena. Y Niceto Alcalá-Zamora nos dejó dicho que la memoria es más grande por lo que esconde que por lo que muestra. En el caso de Montse Cano, Einstein se equivocó, porque su memoria es la inteligencia hecha sensibilidad, que guarda todo lo que vale la pena y además no lo esconde. Tanto que hasta su irrealidad, sus sueños, los convierte en memoria Recuerdo equivocado de tus ojos desnudando un castillo de luz que jamás fue mi amanecer ni rompió nuestra noche.

¿Será hoy el día? Se pregunta la poeta cuando sale a la calle una mañana y encuentra otra mañana y otra calle y se han perdido los recodos de los caminos. No sabe dónde refugiarse de tanto vacío ni qué nombre ponerle. Y contemplando el otoño se vuelve a preguntar cuál es el encanto misterioso de la aniquilación y de la entrega. ¿Será esto el futuro? ¿O será tal vez el agridulce juego de permitirte creer que me conoces, de figurarnos, uno y otro, que sabemos para sobrevivir al futuro imperfecto?

Montse ha escrito seis poemas que, dice, son necesariamente malos. Y lo dice porque estos poemas hablan de amor −¿y de qué sino de amor hablaban los anteriores?− y, según ella, no se puede hablar de amor sin resultar ridículo. Y sí, estos poemas tan malos estallan ante nuestros ojos para mostrarnos el rayo incesante en la piel arrasada de una mujer con la sangre envenenada por fiebres de incertidumbre y de deseo. Una mujer que recuerda Lisboa como una ciudad de tierra adentro, como antes había visto el mar en Madrid, y promete escribir algún día a su amado un poema cuando el mar vuelva a ser solo mar.

Nosotros, los humanos, por lo que dice nuestra poeta, hemos intentado desterrar a Plutón, señor de los abismos, a lo oscuro, a las tinieblas, precisamente porque es muy parecido a nosotros, como asegura Montse en cada uno de los poemas de este capítulo. Porque como nosotros es una irregularidad en la legislación del universo y emplea su existencia en un extraño camino, igual que nosotros. También sus habitantes, si existieran, se preguntarían si existimos nosotros.

Y luego está lo otro, este constante acontecer sin que jamás ocurra nada. Aquí tengo que discrepar, porque, querida Montse, sí pasan cosas. Todo el tiempo pasan cosas, lo que ocurre es que casi nunca son las que queremos ¡Qué digas tú eso con lo que tienes vivido! Tal vez sea porque ni la plenitud ni la belleza se inventaron para ser expresadas con la lengua mezquina del humano. Pero en fin, ella dice que su memoria es de aire, de sospecha, de nada, pero yo no me lo creo. Su memoria es un cofre lleno de misterio. Quizá lo que nos ocurre a algunos es que nuestra memoria es de carne y saliva, y sabemos que la vida es eso, carne, saliva, lágrimas, que no están en otro sitio, están aquí. Pero ella insiste en que Sus recuerdos, os repito, son aire. Y la vida siempre en otro sitio.

Quizá nos salve la levedad, no sentir nuestro peso sobre el suelo. Y respirar otra piel en las noches de neón y de luna.

Las palabras con las que introduce Montse el capítulo Cisjordania Santa, no pueden ser más certeras. Dice así: No hace falta ser perfecto para tener razón. No es necesario ser siempre un monstruo para cometer atrocidades. Pero en un mismo lugar, en cada momento diferente de la historia, hay un grupo que agrede y otro que sufre. Y cuantos en ese momento son espectadores pueden escoger entre la justicia o la complicidad. Lo estamos viviendo ahora mismo, solo que infinitamente peor que lo que nos cuenta nuestra poeta del mercado de Nablús, de las niñas del colegio de Hebrón, de Jalazone. A veces siento vergüenza de lo que está consintiendo el mundo “civilizado”, con todas las comillas que queráis poner a esa palabra. ¿Habremos escogido la complicidad? Montse asegura que Nunca se perderá una tierra que recuerda su nombre. Que tampoco lo olvidemos nosotros. Hay que seguir amando a esos jóvenes, carne de cañón, que han velado tantos muertos y han odiado tanto.

No estoy hecha para los odios duraderos pero no quiero dejar de odiar la llama eterna que alumbra la memoria del soldado sin sombre, de los muchachos sacrificados en el altar de los alegres carniceros ¿Quién no suscribiría estas palabras de nuestra poeta? Estas y todas las que conforman el impresionante poema Monumentos. Y es que Montse en su poesía no solo se desnuda, se desmelena viva en el terreno erótico amoroso, sino que pone idéntica pasión en las cuestiones político sociales de este nuestro injusto y leonino mundo, que en sus viajes ha contemplado, ha interiorizado y las ha incorporado a sus inquietudes. No pasa sobre la injusticia como una mera turista, sino que al contemplarla de cerca se reafirma más si cabe en sus convicciones.

Viajera impenitente, de la Cisjordania Santa nos lleva a la Hélade primigenia, de donde nos han dicho que desciende nuestra civilización, de su ambición y su sangre. Que, en palabras de nuestra autora, nos enseñó la belleza y también las mentiras que oculta y la habilidad para no preguntar por el dolor del olvidado. Pero ellos también fracasaron, porque no fueron lo que imaginaron. Heredaron el mar que ahora es el hogar de los desheredados.

Montse concluye su poemario con un certero retrato de sí misma que, con vuestro permiso, voy a leer para terminar esta presentación. No encuentro un mejor broche a mis torpes palabras.

YO

Yo soy, supongo, mis recuerdos.

Pero sé cuánto engaña la memoria

o cuánto le he enseñado a mentir. Tengo pocas certezas explicables

porque toda interpretación es un pretexto,

y si pretendo ser sincera

—¿de verdad lo pretendo?—

apenas puedo hablar de unos instantes,

de un temblor, de una luz, de una esperanza.

Estoy segura:

Hubo una niña sentada en un balcón

que un día contempló los árboles lejanos

y notó fuego en los pies.

Hubo una criatura extravagante

que jugaba a ser otra

y en los libros encontraba consuelo.

Y una adolescente que una tarde de lluvia

vio la huella de las gotas de agua en el cristal,

apoyó allí la frente

y percibió por vez primera

todo el horror y la inutilidad del tiempo.

Y otra que, mirando a un joven desnudo,

sintió en su propia piel la fuerza del deseo,

todo el dolor de la belleza,

el inabarcable imperio del amor,

la extenuante intensidad de existir frente a otro.

Hubo también una mujer

que abrió su carne para crear carne nueva,

tan propia, tan ajena, tan temida.

Y un momento de plenitud

en que acerté al profetizar

“nunca seré más feliz”.

Pero no quiero hablar de ausencias

porque son largas, oscuras, olvidables,

nada explican de mí, solo de la tristeza.

Podría decir que intenté ser mejor,

que hasta soñé con dejar huella

y hacer un mundo algo más justo,

pero esa es la biografía de la humanidad,

hasta de quienes más se equivocaron.

Lo que he vivido y lo que soy

no importa mucho, es vulgar,

valioso es lo sentido, lo indecible,

la lágrima en la lluvia.

 

Gracias, Montse, muchas gracias por ser como eres y por saber contárnoslo.

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